No llegó con promesas
ni con palabras grandes,
no traía fuegos artificiales
ni promesas imposibles.
Llegó despacio,
como llegan las cosas verdaderas.
Como la luz que entra por la ventana
sin pedir permiso.
No preguntó quién fui antes
ni quiso medir mis heridas.
Solo se sentó a mi lado
como si siempre hubiera sabido el camino.
Y entonces entendí
que el amor no siempre arde.
A veces el amor
simplemente descansa.
Descansa en una mirada tranquila,
en una mano que no exige,
en el silencio compartido
cuando ya no hace falta explicar nada.
Y es ahí,
en esa calma inesperada,
donde el corazón reconoce
que por fin ha llegado a casa.


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