La libélula

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¿Con qué animal te identificas? ¿Por qué?

Si tuviera que decir con qué animal me identifico, diría que con una libélula.

No es el animal que suele elegir la gente.

No es fuerte como un caballo ni majestuosa como un águila.

No domina el paisaje.

Pero tiene algo que siempre me ha llamado la atención.

La libélula no hace ruido.

No busca imponerse.

Y, sin embargo, cuando aparece… se nota.

Hay algo en su forma de moverse que resulta difícil de explicar.

Es delicada, sí.

Elegante también.

Pero no es fragilidad.

Es más bien una presencia ligera.

Se posa un momento, casi sin que te des cuenta, y de repente el aire parece distinto.

Quizá por eso me gusta.

Porque no necesita demostrar demasiado.

No tiene prisa por ocupar espacio.

Simplemente está.

Y cuando se mueve, lo hace con una precisión tranquila, casi silenciosa.

La historia de la libélula también es curiosa.

Durante mucho tiempo vive bajo el agua.

No volando.

Esperando.

Creciendo en un lugar que casi nadie ve.

Y un día cambia.

Sale del agua.

Y entonces aparecen las alas.

No como un premio.

Como una consecuencia.

A mí me gusta pensar que muchas cosas en la vida funcionan así.

Durante años uno atraviesa etapas que parecen invisibles.

Momentos de aprendizaje, de preguntas, de cambios que todavía no se entienden del todo.

Etapas que desde fuera pueden parecer quietas.

Pero algo se está formando.

Algo que un día, casi sin anunciarse, cambia.

Y entonces aparece otra forma de moverse por la vida.

Más ligera.

Más clara.

No porque todo sea fácil.

Sino porque ya no hace falta hacer ruido para existir.

Por eso, si tuviera que elegir un animal, diría que la libélula.

No porque sea exactamente como yo.

Hay algo en lo que nos diferenciamos bastante:

ella pasa gran parte de su vida bajo el agua… y yo nunca he sido muy amiga del agua.

Pero sí compartimos algo que me gusta reconocer.

La libélula no hace ruido.

No busca imponerse.

Pero cuando aparece… se nota.

Y, a veces, eso es más que suficiente.

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