No sé si es superstición

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¿Tienes alguna superstición?

No diría que soy una persona supersticiosa.

No evito pasar por debajo de una escalera.

No cambio de planes si el calendario marca un viernes trece.

Y tampoco llevo amuletos en el bolso.

Al menos no de forma consciente.

Durante mucho tiempo pensé que las supersticiones eran solo eso: pequeñas creencias heredadas que algunas personas repiten casi sin pensarlo.

Rituales para sentir que tenemos un poco más de control sobre lo que, en realidad, no depende de nosotros.

Yo nunca he tenido demasiado de eso.

O al menos eso creía.

Pero con los años me he dado cuenta de que hay algo en mi forma de mirar la vida que quizá se parece un poco a eso.

No a las supersticiones.

Más bien a una especie de respeto silencioso por ciertas señales.

No creo que el universo esté enviando mensajes constantemente.

Pero sí creo que hay momentos en los que algo parece ordenarse de una manera curiosa.

Un encuentro inesperado.

Una conversación que llega justo cuando hacía falta escuchar algo.

Una sensación muy clara en el cuerpo cuando una decisión no encaja del todo.

Durante mucho tiempo ignoré esas cosas.

Pensaba que eran dudas, inseguridad o simple casualidad.

Ahora ya no estoy tan segura.

No porque crea en lo mágico.

Sino porque he aprendido a reconocer algo que antes no sabía nombrar.

La intuición.

Esa voz tranquila que no grita ni discute.

Que simplemente aparece, muy despacio, y dice:

esto sí.

O a veces:

esto no.

No siempre la escucho.

A veces la cabeza habla demasiado alto.

Pero cuando la escucho, casi siempre me lleva a un lugar más honesto.

Quizá no son supersticiones.

Quizá es solo una forma de caminar por la vida con un poco más de atención.

Como si algunas cosas merecieran ser miradas dos veces.

Como si, de vez en cuando, la vida dejara pequeñas pistas en el camino.

No para controlarlo todo.

Solo para recordarnos que no todo es tan mecánico como parece.

Aunque sí hay algo curioso.

Llevo varios diciembres complicados.

Y cuando el mes empieza a acercarse, hay una parte de mí que piensa, casi en voz baja:

Ojalá este diciembre vaya bien.

No es superstición.

Es más bien memoria.

O quizá esperanza.

Y lo curioso es que, a pesar de todo, diciembre sigue siendo un mes que me encanta.

Tal vez porque, incluso después de los años difíciles, sigo creyendo que siempre puede ser distinto.

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