Aprender en lugares inesperados

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¿Qué docente te marcó más en la vida? ¿Por qué?

No fue un profesor.

O al menos no en el sentido clásico.

Pero fue una de las personas que más me enseñó.

Mi antiguo jefe, Andrés.

No recuerdo que hiciera grandes discursos.

Ni que explicara las cosas de forma especialmente teórica.

Pero tenía una forma de enseñar muy práctica.

De esas que no se olvidan.

Con él aprendí algo tan concreto como trabajar con hojas de cálculo.

Pero en realidad no era solo eso.

Aprendí a ordenar.

A entender lo que estaba haciendo.

A no quedarme en la superficie.

A ir un poco más allá.

Y hay algo más que, con el tiempo, he valorado mucho.

No me hacía sentir torpe mientras aprendía.

Y eso marca.

Porque cuando alguien confía en que puedes hacerlo, aunque tú aún no lo tengas del todo claro… algo cambia.

Te atreves.

Te sueltas un poco más.

Aprendes de verdad.

Y curiosamente, ese aprendizaje no solo me ha pasado en el trabajo.

También lo he encontrado en otros lugares.

Como en las clases de acuarela.

Mi profesora nunca juzgó ninguno de mis dibujos.

Ni siquiera los primeros, cuando todo era más inseguro.

Al contrario.

Siempre encontraba la forma de mirar lo que sí había.

De animarme a seguir.

De hacerme confiar.

Y eso, aunque parezca pequeño, es enorme.

Porque aprender no es solo entender.

También es sentirse capaz.

Con el tiempo he entendido algo.

Los buenos docentes no solo enseñan contenido.

Crean espacio.

Un lugar donde una puede probar, equivocarse y seguir.

No todos están en un aula.

A veces están en un trabajo.

O en una clase de pintura.

Y, sin darse demasiada importancia, dejan algo que se queda.

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