
Lo que me salvó en los momentos en que pensé en rendirme
A veces, la vida se siente como una batalla constante. Hay días en los que la oscuridad pesa más que la luz, momentos en los que el cansancio se vuelve insoportable y te preguntas si realmente vale la pena seguir. Yo también lo viví. Me enfrenté a situaciones que me hicieron dudar de todo, incluso de mí misma. Pero, de alguna manera, seguí adelante. Si alguna vez has sentido lo mismo, quiero que sepas que no estás sola/solo. Quiero contarte qué fue lo que me ayudó a no rendirme cuando todo parecía derrumbarse.
De la felicidad a la incertidumbre
Los primeros años de mi vida los pasé con mis abuelos. Era una niña inmensamente feliz, cuidada y querida. La primera nieta, la primera sobrina. Todo era amor, juegos y alegría. Me sentía la niña más afortunada del mundo. Pero cuando tuve que regresar con mis padres, todo cambió.
El cielo, que hasta entonces había sido claro y lleno de luz, se volvió gris. La ilusión, la risa y la confianza fueron desapareciendo poco a poco. Al principio no entendía por qué, era demasiado pequeña. Solo sabía que algo no estaba bien, que el ambiente se volvía más pesado, más difícil de respirar.
Conforme fui creciendo, la sensación de vacío fue aumentando. No quería que llegara el verano. Para muchas niñas, el verano significaba vacaciones y juegos, pero para mí significaba estar más expuesta. Aprendí a esconderme, a refugiarme en mis hermanas. Yo era la mayor, pero ni siquiera eso me protegía.
Las noches eran lo peor. Me acostaba con la esperanza de dormir rápido, pero el sueño nunca llegaba. En su lugar, una sensación de inquietud se instalaba en mi pecho, obligándome a permanecer en alerta. No podía relajarme, no podía bajar la guardia. Y, sobre todo, no podía hablar con nadie.
El peso de las palabras y el silencio que lo envolvía todo
El colegio tampoco era un refugio. No destacaba en los estudios, y eso se convirtió en una etiqueta que me acompañó durante años. Desde casa, siempre se esperaba más de mí. Escuchaba comentarios que me hacían sentir pequeña, insuficiente, como si nunca pudiera estar a la altura. Crecí con la sensación de que no era lo suficientemente buena, como si no tuviera nada especial que ofrecer.
Pero había algo más. Había una sensación de incomodidad constante, de estar en un espacio donde no me sentía segura. Aprendí a vivir con una inquietud silenciosa, con una carga que no podía compartir. Callé por miedo, callé porque no sabía si alguien me creería, callé porque no sabía cómo explicar lo que pasaba.
Si alguna mujer que está leyendo esto se siente identificada, quiero decirle algo: no estás sola. No tienes que cargar con lo que no es tuyo. No tienes que callar. Hay una salida, hay ayuda, y mereces encontrar la paz que tantas veces te ha sido negada.
Lo que me salvó
Pero dentro de todo ese dolor, había algo que me sostenía: mis abuelos.
El amor incondicional que me dieron en mis primeros años fue la semilla de la esperanza. Ellos me enseñaron lo que era sentirse querida de verdad. Y aunque en mi día a día me sentía invisible, en mi interior había un recuerdo de amor que no podía borrar.
También había algo más: una fuerza dentro de mí que ni siquiera entendía.
A veces no sé de dónde saqué el coraje para seguir. Pero lo hice.
Me salvó el saber que tenía la capacidad de superar cualquier obstáculo, que dentro de mí había una fortaleza que ni siquiera conocía por completo. Aunque tuve momentos en los que quise rendirme, siempre había algo en mi interior que me recordaba que podía seguir adelante, que podía reconstruirme una y otra vez.
Hoy por hoy no sé por qué tenía esa sensación dentro. Quizás era porque tenía que estar aquí, tenía que ser la persona que soy hoy. Quizás mi vida, mi experiencia sirva para ayudar a alguien y por eso continué. No lo sé, sinceramente no lo sé, porque aún hoy me pregunto de dónde saqué la fuerza.
Y hoy, mirando atrás, entiendo algo muy profundo: no era débil. Nunca lo fui. Era una guerrera, incluso antes de saberlo.
Para ti, que me lees…
Si alguna vez has sentido que no puedes más, quiero decirte algo: tienes dentro de ti más fuerza de la que imaginas.
Tal vez ahora no puedas verla. Tal vez sientas que todo se derrumba y que nadie te entiende. Pero créeme, un día mirarás atrás y verás que cada paso que diste, incluso los más dolorosos, te llevaron a ser la persona fuerte que eres hoy.
Si estás aquí, leyendo esto, es porque sigues de pie. Y si sigues de pie, es porque hay algo dentro de ti que se niega a rendirse.
No eres lo que te ha pasado. Eres lo que decides hacer con ello.
Este blog es un espacio para compartir, para sanar, para encontrar luz incluso en los días más oscuros. Si este mensaje te ha resonado, me encantaría que lo compartieras o que me dejaras un comentario. Estamos en este camino juntos.

Replica a bluebirdsweetlya9d62fc6b2 Cancelar la respuesta