Un camino silencioso que sembró la fuerza con la que hoy acompaño a otros.

Durante mucho tiempo pensé que estar sola era una condena.
Que no encajar, que no tener amigas del alma, que no sentirme parte, era una falla mía.
En el colegio, fui la “extranjera”, la que venía de fuera, la que no era del pueblo.
Las niñas se burlaban, me hacían sentir “tonta”, rara, invisible.
Recuerdo esa sensación de entrar a clase y no tener con quién sentarme,
de hablar y que no me escucharan,
de intentar ser parte… y no saber cómo.
Y así, sin darme cuenta, comencé a esconderme.
A mirar desde lejos. A sobrevivir en silencio.
No tenía amigas verdaderas. No tenía a quién contarle mis miedos.
Pero tuve una suerte enorme: el amor incondicional de mis abuelos.
Esas manos cálidas, esa mirada que me decía sin palabras:
“Tú vales, tú importas”.
Y aunque en esa etapa sentí que el mundo era frío y que yo no tenía un sitio,
hoy entiendo que algo dentro de mí se estaba formando.
Una fuerza silenciosa.
Una capacidad inmensa de mirar el dolor de otros.
Una intuición aguda para acompañar sin invadir, para leer entre líneas.
Aprendí a estar sola, sí. Pero también aprendí a sostenerme.
A crear mi propio calor.
A no necesitar multitudes para sentirme valiosa.
Hoy, esa niña solitaria vive en mí.
Y a veces llora, y a veces duda.
Pero ya no la rechazo.
La abrazo. Le agradezco.
Porque gracias a ella soy quien soy.
Porque su soledad fue semilla de mi luz.
Porque si hoy puedo acompañar a otros en sus sombras,
es porque caminé durante años con la mía.
No fue fácil.
Aún no lo es.
Pero ya no me escondo.
Ya no me creo rota.
Ahora sé que esa soledad no fue un castigo.
Fue una iniciación.
Fue una maestra.
Y hoy, por fin, puedo decirlo en voz alta:
La soledad me hizo fuerte. Y esa fuerza hoy quiero compartirla contigo.
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