Carta a mi misma.

Sandra, tú eres esa persona que quiere soltar, fluir, confiar… pero lo haces con el móvil en una mano, la calculadora en la otra y una lista de afirmaciones positivas pegada en la nevera con un imán de “todo va a salir bien”… mientras se te quema la comida, suena el teléfono del banco y tu hija le pinta las cejas al perro.
Dices que no tienes amigas de verdad desde el cole… pero ¿cómo iban a aguantarte? Si tú eras la que no quería pertenecer al grupo, pero después lloraba porque no te invitaban. Y en cuanto alguien se acercaba, tú ya estabas viendo si era digna de entrar en tu círculo de sanación emocional. Spoiler: nadie supera ese test.
¿Y lo de las mentorías? Sandra, tú quieres empezar a ayudar a los demás, pero te pasas media vida preguntando si estás lista. ¡Llevas más revisiones internas que un cohete de la NASA! Dale ya al botón de lanzamiento y deja de revisar el combustible, que si explota al menos salpicas con aprendizaje.
Y luego está lo del amor… Ay, el amor. Te pasas años con un hombre ausente, frío, emocionalmente, y todavía te preguntas por qué no funcionó. Y ahora que por fin ves la luz, ¿qué haces? Pones la luz en modo vela, porque no estás del todo segura. Mujer, ¡enciende los focos y sal de la cueva!
Pero mira, con todo y con eso, te levantas cada día, sostienes una casa, sostienes a tus hijos, sostienes hasta a los perros… y lo más increíble: te sigues sosteniendo a ti. Y eso, Sandra, ni la terapia más cara lo explica. Porque lo tuyo es fuego.
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