
Sostenerse a una misma entre la tormenta y la ternura. Porque aunque todo arda… también hay luz que renace.
Tú quieres ayudar a las personas desde tu experiencia… ¡y vaya si tienes experiencia! Si te pagan por cada trauma superado, te retiras mañana. Pero eso sí, antes de compartirlo te montas una junta directiva interna: la niña herida, la madre exigente, la mentora insegura, la terapeuta espiritual, y la Sandra que solo quiere paz pero se mete en mil batallas diarias. Todas opinan. Todas gritan. Nadie ejecuta.
Tú quieres silencio, calma y armonía… pero vives rodeada de niños, deudas, perros, decisiones pendientes, y fantasmas del pasado con pase libre por tu cabeza. Lo tuyo no es el caos, lo tuyo es una orquesta sin director y con fuegos artificiales.
Y tú, con ese corazón enorme, recogiendo cachitos de todo el mundo: de tus hijos, de tus parejas, de tu infancia, de tus ancestros… Eres como un basurero emocional premium, pero con incienso. Luego te extraña estar agotada, cuando llevas encima las emociones de media humanidad.
Y no me hagas hablar de tu perfeccionismo espiritual… Que quieres sanar, pero sanando bien. Nada de medias tintas: con frases bonitas, autocompasión, voz suave, y si puede ser, que el universo te aplauda al final. Pero a veces lo que necesitas es menos Namasté y más un “¡Ya está bien, carajo!”
Y aun así… sigues. Porque eres terca, intensa, profunda, y porque en el fondo sabes que viniste aquí a hacer algo grande, aunque todavía no sepas si empieza por compartir un post, llorar a las 3 a.m. o vender tu casa.
Así que te lo digo claro, Sandra: podrías ser caótica, pero eres magia pura. Eres un incendio emocional con propósito. Un alma vieja con Wi-Fi lento. Y aunque tu vida parezca una telenovela escrita por Gabriel García Márquez después de una resaca… la estás escribiendo tú. Y eso, nena, es poesía en movimiento.
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