¿Alguna vez te han operado? ¿De qué?
Sí, me han operado. Y cada una de esas intervenciones dejó una huella en mi cuerpo, pero sobre todo en mi historia. Las cicatrices que llevo no son solo marcas en la piel; son capítulos de mi vida, momentos en los que el cuerpo gritó, se rompió, y luego, poco a poco, comenzó a sanar.
Al principio quise esconderlas, como si esas líneas dibujadas sobre mí fueran símbolos de debilidad. Pero con el tiempo entendí que cada cicatriz es un recordatorio de mi fuerza, de la capacidad que tenemos de atravesar el dolor, de reconstruirnos, de seguir.
Cada una cuenta algo: el miedo que sentí al entrar a un quirófano, la calma de una mano amiga que me sostuvo, el despertar y el primer suspiro profundo sabiendo que todo había pasado. Son lecciones de paciencia, de aceptación, de amor propio.
Las cicatrices hablan de lo que fui y de lo que soy. Me recuerdan que no soy invulnerable, y está bien. Que la belleza real no está en la piel perfecta, sino en la piel vivida, habitada, en esa que nos cuenta lo que hemos superado.
Hoy no las oculto. Las acaricio con ternura cuando las veo. Las honro. Porque ellas me enseñaron que sanar es un acto de amor, de coraje, de confianza en la vida. Y porque gracias a ellas, valoro más que nunca el cuerpo que me sostiene y la historia que me habita.

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