Él llegó tarde. Como siempre.
No al reloj, sino a la vida.
La clase ya había empezado, pero nadie lo miró raro.
Una mujer mayor danzaba con los ojos cerrados, como si el mundo no doliera.
Él se quedó en la puerta, rígido.
Tenía el alma guardada en una caja desde hacía años.
Desde que su madre partió.
Desde que el amor se volvió silencio.
La música era lenta, casi un susurro.
Y sin decir nada, ella —la de la flor en el pelo—
le tendió la mano.
— Aquí no bailamos con los pies —le dijo—.
Bailamos con lo que aún nos queda.
Él tragó saliva.
Y entonces, sin saber cómo, su cuerpo se movió.
Primero torpe, después más suelto.
Como si algo dormido despertara.
No hubo aplausos.
Solo una respiración compartida.
Y el leve temblor de dos almas que se reconocen bailando.

Imagen: Vecteez
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