¿Perros o gatos?
Siempre me dieron miedo los gatos.
Sus ojos atentos, su silencio misterioso, su forma de estar sin necesitarte.
Me intimidaban.
No entendía su lenguaje.
Hasta que la vida me puso delante a un pequeño abandonado.
Un alma frágil a la que llamamos Misi.
Y con él, todo cambió.
Desde entonces, los gatos se volvieron necesarios.
Y llegaron más. Cada uno con su magia, su alma, su enseñanza.
Bimba, mi rubia preciosa, que robaba ropa y me la dejaba como ofrenda.
Lisi, mi carboncillo travieso, todo corazón y luz.
Garfield, el naranja adoptado que se convirtió en hogar sin pedir nada.
Hoy no están físicamente, pero siguen conmigo, en el pecho, en los sueños, en cada rincón.
Y los que aún me acompañan:
Mini y Guizmo, dos centinelas suaves de mis días, dos maestros silenciosos de amor cotidiano.
Los gatos me enseñaron que el amor no grita.
Se posa, se insinúa, se queda.
Y cuando lo hace, ya no puedes ser la misma.
Pero si me preguntas por el amor más incondicional, ese que me sostuvo cuando no podía más, que lamió mis lágrimas y me esperó en la puerta mil veces, ese amor tenía nombre: Pataky.
Una presencia luminosa que llegó a mi vida para abrazarla entera.
No hacía falta que hablara. Ella lo decía todo.
Una presencia luminosa que me abrazó con su sola existencia.
Llegó sin ruido, se fue dejando un vacío lleno de todo lo que fuimos.
Con Pataky entendí que el amor no siempre llega donde lo esperas.
Ahora lo sé: el amor más grande a veces llega envuelto en pelo y silencio.
Y te cambia. Para siempre.






Replica a bluebirdsweetlya9d62fc6b2 Cancelar la respuesta