Escribe sobre cualquier gesto de amabilidad que hayas tenido con alguien.
No sé si eso cuenta como un gesto de amabilidad, pero lo hago cada día sin pensarlo demasiado: saludar.
Saludo al panadero aunque haya dormido mal, al del buzón aunque no me escuche, al chico del súper aunque esté en su mundo. Me sale automático. Y no lo hago por educación, lo hago por humanidad. Porque me alivia sentir que estamos todos un poco más cerca cuando nos reconocemos.
Y también me aprendo nombres. Me sale natural. Me acuerdo de cómo se llama la chica que me cobra el pan o el señor que repone la fruta. No sé, hay algo en llamar a alguien por su nombre que lo hace sentirse visto. Y eso, aunque parezca una tontería, a veces puede cambiar un día entero.
Me pasa también en las puertas: si llegamos dos al mismo tiempo, yo me echo a un lado y dejo pasar. Es un gesto pequeño, casi invisible. Pero tiene algo simbólico. Como si dijera: “te veo, adelante, hoy te toca a ti”.
No soy una santa, ni muchísimo menos. A veces voy con prisa, otras no estoy de humor, otras no me entero. Pero en general… me gusta hacer estos gestos que no cuestan nada y que, si lo piensas, son como pequeñas caricias al mundo.
Amabilidad silenciosa, la llamaría. De esa que no necesita aplauso, pero que deja algo suave en el aire.

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