¿Qué te despierta curiosidad?
La curiosidad, para mí, no tiene que ver con saber mucho. Tiene que ver con mirar distinto.
Hay días que me sorprendo mirando el vapor que sale de la taza de café como si no lo hubiera visto nunca. O escuchando el silencio entre dos personas que se conocen bien. Me intrigan esas cosas. Lo cotidiano. Lo invisible. Lo que se escapa si no prestas atención.
También me da por pensar en lo más grande. Por qué estamos aquí. Qué hay después. Si esta vida es un ensayo, un camino, una casualidad o una especie de prueba con instrucciones ocultas. ¿Vamos a algún sitio? ¿Volvemos? ¿Somos muchos en uno o solo uno viviendo muchas veces? A veces me quedo pensando en eso sin llegar a nada. Pero me calma preguntármelo.
Y luego están las cosas pequeñas: cómo se hacen los violines, por qué me emocionan tanto aunque no los toque, por qué ciertas canciones me parten en dos sin avisar. Me pasa también con la gente. No con toda. Con la que lleva algo dentro que no enseña. Con la que se calla algo y, aún así, brilla. Me intriga cómo lo hacen. Cómo sobreviven.
Me intriga también la bondad silenciosa. Esa que nadie ve. Las personas que dejan pasar en la fila, que se aprenden tu nombre en la tienda, que sonríen aunque tengan mil cosas dentro. Yo intento ser así. No por quedar bien. Porque sí. Porque algo dentro me pide estar atenta a los demás.
No sé si sirve para algo hacerse tantas preguntas. Pero a mí me ayuda. Me hace sentir viva. Me recuerda que hay tanto que no entiendo… y que tal vez esa sea la gracia.

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