¿Cuánto es lo máximo que te has gastado en una comida? ¿Mereció la pena?
No recuerdo la cuenta exacta, pero sí recuerdo cada segundo de aquella noche.
Era un restaurante pequeño, de esos que casi se esconden en una esquina, con luz tenue y una música que parecía susurrar historias.
El camarero llegó con un plato que no era solo comida: era una obra de arte.
Colores que parecían pintados con pincel, un aroma que se adelantó a mis manos y me hizo cerrar los ojos por un instante.
La primera cucharada me hizo sonreír sin darme cuenta. No porque fuera el plato más sofisticado, sino porque en ese momento todo estaba bien.
Pagaba mucho más que una cena. Pagaba por la compañía, por las risas entre sorbos de vino, por sentir que el tiempo se detenía y yo pertenecía exactamente a ese lugar.
Pagaba por la sensación de que la vida, a veces, se puede servir en un plato.
Años después, no sabría decirte cuánto costó. Pero sí puedo contarte cómo olía, cómo sonaban las copas al brindar y cómo la conversación se volvió ligera, como si las preocupaciones hubieran pedido permiso para salir un rato.
Esa noche aprendí que lo que realmente compramos en esos momentos no es el plato… sino la memoria que se queda para siempre.

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