¿Cómo diseñarías la ciudad del futuro?
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Si pienso en la ciudad del futuro, no imagino rascacielos interminables ni calles llenas de ruido…
La imagino verde, humana y en calma.
Una ciudad donde los árboles tengan tanto espacio como los coches, donde los niños puedan correr libres y seguros, donde el silencio exista aunque estemos rodeados de vida.
Un lugar donde los animales también formen parte de la convivencia, y donde lo esencial —la paz, el respeto y la belleza— no esté en peligro.
Quizás no sé de arquitectura, pero sí sé de corazones, y estoy convencida de que una ciudad pensada desde el alma sería mucho más habitable que cualquier metrópoli perfecta en los planos.
En la ciudad que sueño, las calles ya no están llenas de coches ni de ruido, sino de risas. Los niños corren descalzos sobre caminos de piedra tibia, pintando el aire con sus juegos, mientras las vecinas, sentadas en bancos de madera bajo los árboles, conversan como quien comparte vida y no solo palabras.
Las casas, aunque distintas, tienen un mismo lenguaje: la calidez. Fachadas cubiertas de buganvillas, ventanas abiertas con olor a pan recién hecho, y tejados verdes que respiran junto a la naturaleza.
El transporte es un murmullo suave: bicicletas, tranvías silenciosos, coches que parecen deslizarse sobre el suelo. Nadie corre con prisa, porque el tiempo ha aprendido a caminar al ritmo de los corazones.
Cada barrio es una familia. No importa si alguien vive solo, porque nunca está solo: siempre habrá un vecino que toque la puerta para invitar a cenar, un niño que se acerque a preguntar por tu día, una anciana que regale su sabiduría con la misma ternura con la que riega sus plantas.
Por las noches, la ciudad se viste de estrellas. No hay humo que las oculte, ni luces que las apaguen. Todos se reúnen en plazas iluminadas por faroles solares que parecen luciérnagas, y allí comparten cuentos, canciones y silencios.
Y lo más hermoso: en esta ciudad soñada, que suena más al ayer perdido que al mañana prometido, nadie olvida que somos parte del mismo hogar. La Tierra respira con nosotros, y nosotros respiramos con ella.

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