Dicen que la vida se mide en años, en metas, en números. Yo no lo creo. Para mí la vida se mide en chispazos. Esos que aparecen de pronto, sin previo aviso, y que te hacen sonreír por dentro.
Un gesto inesperado. Una carcajada de esas que terminan con lágrimas en los ojos. El olor a pan tostado que me devuelve a mañanas de infancia. Una canción que suena justo cuando estaba pensando en alguien. Eso es lo que me llena, lo que me sostiene.
Yo lo llamo mi “colección secreta de instantes”. No ocupa espacio, no necesita estanterías ni álbumes. Son pedacitos de vida que guardo dentro y que vuelvo a sacar cuando necesito recordar que, pase lo que pase, siempre hay motivos para sentir gratitud.
Me encanta darme cuenta de que no se trata de esperar grandes momentos: basta con abrir los ojos y estar dispuesta a mirar. A veces está en la sonrisa de mis hijos cuando creen que nadie los ve. Otras en un perro que mueve la cola como si el mundo se acabara de arreglar porque volviste a casa. Incluso en ese silencio compartido con alguien que quieres y que dice mucho más que cualquier palabra.
Coleccionar instantes no significa vivir en un cuento de hadas, sino saber atrapar la magia que se cuela en lo cotidiano. Guardar la sorpresa, la ternura, la risa. Y aceptar que esos detalles son, en realidad, lo que da sentido a todo lo demás.
Quizás, al final, de eso se trata la vida: de aprender a reconocer que lo extraordinario está escondido en lo ordinario. Y de darnos el permiso de disfrutar cada chispa como si fuera un tesoro. Porque lo es.

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