Si tuvieras que renunciar a una palabra que utilizas habitualmente, ¿cuál sería?
Si tuviera que renunciar a una palabra, sería “bueno”.
Lo digo más de lo que me doy cuenta. Es como ese invitado que aparece en todas las conversaciones sin que nadie lo haya llamado.
— Bueno, ya veremos.
— Bueno, no pasa nada.
— Bueno… (ese que no es resignación, sino una mezcla de pausa y cierre con estilo).
El “bueno” es mi comodín. Sirve para pasar de página sin armar lío, para suavizar un enfado que en realidad aún quema por dentro, o para dar un respiro cuando estoy agotada de pelear batallas que nadie ve. Porque sí, soy guerrera, y lo seré siempre. Pero hasta la guerrera necesita una tregua, y ahí es donde aparece mi “bueno”.
No es conformismo. No es rendición. Es más bien como decir: “hasta aquí por ahora, mañana seguimos”. Es mi palabra refugio, la que me da permiso para no tener siempre la última palabra, para dejar que el mundo siga girando sin que yo tenga que empujarlo a cada rato.
A veces me río de mí misma cuando me escucho repetirlo. Es casi un sello personal. Me lo imagino escrito en cursiva en mis conversaciones: no ocupa mucho espacio, pero sin él, algo se sentiría incompleto.
Si un día tuviera que dejarlo atrás, creo que lo echaría de menos. Porque aunque a veces sea muletilla, también es parte de mi manera de estar en la vida: con pausa, con ironía, con ese toque de calma que equilibra todo lo demás.
Quizá entonces inventaría otra palabra. Una que signifique lo mismo: “no es el final, solo estoy tomando aire”. Porque eso es mi “bueno”: un suspiro convertido en palabra.

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