¿Qué haces para relajarte?
Relajarme no es desconectar del mundo, es volver a conectar conmigo. A veces basta con salir al jardín y dejar que la brisa me acaricie, mirar a lo lejos y recordar que siempre hay un horizonte esperándome.
Otras veces me relaja simplemente poner música. El violín, por ejemplo, tiene esa magia de abrirme puertas invisibles: me lleva a lugares donde todo es calma, donde el alma respira más lento.
También hay días en los que la mejor terapia es bailar. Sin coreografías ni reglas, solo dejar que el cuerpo se mueva como quiera. Reírme de mis propios pasos torpes y sentir que en esa libertad también hay descanso.
Me relaja cocinar cuando no hay prisas. Elegir ingredientes con cariño, mezclar sabores, crear algo sencillo pero lleno de intención. Es casi un ritual, una forma de convertir lo cotidiano en un regalo.
Y, sobre todo, me relaja abrazar a mis hijos. En esos instantes, el mundo se detiene: su respiración sobre mi hombro, la ternura de ese contacto, la certeza de que en ese abrazo cabe toda la vida.
Dicen que reír a carcajadas no es relajarse, pero yo creo que sí. Porque después de reír hasta llorar, todo parece más ligero, más fácil, más luminoso.
Relajarme, al fin y al cabo, es volver a lo esencial: a lo sencillo, a lo verdadero, a lo que me recuerda quién soy.

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