¿Cada cuánto sales a caminar o correr?
Últimamente no camino mucho.
Camino lo justo: cuando saco a los perros. Y ya está.
Podría decir que salgo a pasear para aclararme, para soltar el día, para conectar conmigo… pero la verdad es que no.
No siempre me apetece. No siempre puedo.
Y aunque sé que caminar es sanísimo, ahora mismo estoy en una temporada más bien quieta.
Me cuesta andar por la ciudad. Me abruma el ruido, el cemento, el ritmo de todo lo que no para.
Y para ir a la montaña —a ese lugar donde no se oiga ni un solo coche, donde el aire sea puro y el alma respire— tendría que organizarme más.
Y muchas veces, ni el cuerpo ni la mente acompañan.
También me canso con facilidad últimamente.
Y aunque lo noto, no quiero forzarme a hacer como si nada.
No quiero disfrazar de “bienestar” lo que no lo es.
Y tampoco quiero castigarme por no estar donde supuestamente “debería” estar.
Porque tal vez esta etapa no sea de moverse por fuera, sino por dentro.
Y aunque ese movimiento no se vea, también agota.
También remueve.
También sana.
A veces la vida no se mueve,
pero tú sí… por dentro.
A tu ritmo.
Con tus dudas.
Con tus cansancios también.
Y eso merece el mismo respeto que un maratón.
No estoy parada.
Estoy caminando hacia dentro.
Y me estoy escuchando en el silencio.
Eso también es avanzar.
Aunque nadie lo vea. Aunque yo misma a veces lo olvide.

Replica a Sicar Cancelar la respuesta