De pequeños escuchábamos los cuentos como promesas mágicas: la varita del hada madrina, el beso que despertaba a la princesa, la tortuga que vencía a la liebre. Nos hacían soñar con finales felices y mundos donde todo encajaba.
Pero al crecer descubrimos que la vida no funciona con varitas, sino con decisiones. Que no basta con esperar a que llegue alguien a rescatarnos: somos nosotros quienes tenemos que rescatarnos primero.
El patito feo me enseñó que no se trata de encajar, sino de pertenecer.
La Cenicienta me mostró que la magia de verdad está en las elecciones que tomamos cuando nadie nos ve.
La tortuga me recordó que la constancia siempre supera a la prisa.
Y Blancanieves me susurró que los venenos más peligrosos llegan disfrazados de manzanas brillantes.
Quizás los cuentos no eran solo para dormirnos, sino para despertarnos años después.
Porque cada historia que escuchamos de niños cobra sentido cuando la vida nos invita a escribir la nuestra.

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