Al principio todo parecía fácil.
Había risas que no necesitaban explicación, planes que surgían sin pensar demasiado, mensajes espontáneos que daban calor. Era ligero, era simple.
Pero poco a poco, lo ligero se volvió denso. Las respuestas tardaban más, las miradas se apagaban antes, los “vamos viendo” se volvieron la frase favorita. No hubo discusiones grandes, no hubo gritos… pero sí hubo un silencio que dolía más que cualquier palabra.
Y ahí entendí algo: el amor no se mide en lo que das, sino en cómo circula. Si doy y no vuelve, no es tragedia: es dato.
El cansancio no llega de golpe, se acumula en monedas invisibles que gastamos sin darnos cuenta. Y cuando el saldo baja a cero, ya no queda ni fuerza para reclamar.
El quiebre nunca es dramático. Es un martes cualquiera, un “¿cenamos hoy?” que no recibe respuesta, un hueco en el pecho que te recuerda que estás agotada de esperar.
Ese día elegí volver a mí.
Volver a mi origen. A lo que me gusta, a lo que me sostiene.
Puse límites claros, me rodeé de quienes me suman, recuperé espacios que había postergado.
Hoy sé que un amor sano no se arrastra: se mueve, circula.
Y que la primera relación que debo cuidar, siempre, es conmigo.

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