¿Hay algo que siempre pospones? ¿Por qué?
Sí.
Durante muchos años me pospuse a mí misma.
Pospuse mis ganas, mis silencios, mis pausas.
Pospuse lo que me hacía bien, lo que me devolvía a mi centro, lo que me recordaba quién soy.
No fue por falta de tiempo, ni por desinterés.
Fue por costumbre, por lealtad, por miedo a parecer egoísta.
Me enseñaron a estar para todos, a ser fuerte, a sostener.
Y en esa fortaleza aprendida, olvidé que yo también necesitaba sostenerme a mí.
Pospuse descansar porque había cosas “más urgentes”.
Pospuse escribir porque el cansancio pesaba más que la inspiración.
Pospuse llorar porque había que seguir sonriendo.
Pospuse decir “no puedo” porque tenía miedo de decepcionar.
Hasta que entendí que nada se derrumba cuando una se elige, que el mundo sigue girando aunque no estés disponible para todo,
y que quienes te aman de verdad no necesitan verte hacer malabares para merecer amor.
Hoy sigo aprendiendo a no posponerme.
A darme tiempo, aunque nadie lo entienda.
A escuchar mis ritmos, a abrazar mis pausas, a honrar mi energía.
Ya no quiero vivir en modo “después”.
Porque la vida —la real, la que se siente— no espera.
Y si algo tengo claro, es que el día que empecé a dejar de posponerme, empecé también a volver a mí.

Replica a Sandrinne Élan Cancelar la respuesta