Describe a un miembro de la familia.
No voy a describir solo a una persona. Sería injusto. En cada etapa de mi vida hubo alguien que me dejó una huella distinta, como si la ternura se hubiera ido traspasando de unas manos a otras, de unos ojos a otros.
De mi abuelo aprendí la calma. Él no hablaba mucho, pero bastaba con mirarle para entender que la vida no se puede correr. Que todo tiene su tiempo, incluso el dolor. Me enseñó a observar antes de actuar, a no perder la compostura cuando todo parece temblar.
De mi abuela materna aprendí la fe, no la de los rezos repetidos, sino esa fe silenciosa que se tiene en la bondad, en las personas, en la posibilidad de que siempre se puede volver a empezar. Su cocina olía a hogar, y sus manos, tan suaves, siempre encontraban la forma de reconfortar.
De mi abuela paterna aprendí la alegría y la resiliencia. Ella tenía una manera de mirar la vida que desafiaba las dificultades. Sabía reír incluso cuando las cosas no iban bien, y encontraba motivos para celebrar lo pequeño, lo cotidiano, lo que para otros pasaba inadvertido. Con ella entendí que la fortaleza también puede tener rostro de ternura, y que seguir sonriendo, incluso con las heridas abiertas, es otra forma de resistir.
De mis padres aprendí la fuerza, aunque en algunos momentos doliera. Aprendí que el amor no siempre se expresa como uno quisiera, pero que incluso detrás de los silencios hay intentos de cuidar.
De mis hijos aprendí la paciencia, la humildad y la risa. Ellos llegaron a enseñarme lo que yo creía saber. Me recordaron que no tengo todas las respuestas, que puedo equivocarme, pedir perdón, volver a empezar una y otra vez. Ellos son, sin saberlo, mi espejo más honesto y mi mayor lección de amor.
Y de los que ya no están, aprendí el valor de seguir amando incluso cuando duele. Porque el amor no muere, solo cambia de forma. A veces se queda en un olor, en una canción, en una frase que resuena cuando menos la esperas.
La familia no siempre es refugio, a veces es espejo, a veces laberinto. Pero incluso en sus sombras hay verdad.
Y si algo me ha enseñado la vida, es que lo importante no es tener una familia perfecta, sino aprender a mirar con ternura las imperfecciones, y reconocer que en cada uno de ellos —los que fueron, los que son, los que vendrán— hay un pedacito de quien soy.


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