Por Sandrinne Élan
Hay algo curioso que he visto muchas veces —en mí, en los demás, en las historias que acompañé y en las que me acompañaron—: todos reaccionamos diferente cuando la vida nos pone un tesoro delante.
Y ojo, cuando digo “tesoro” no hablo de dinero ni de objetos brillantes.
Hablo de lo que de verdad importa: un amor sereno, una oportunidad, un don, una amistad limpia, un hijo, una intuición que te abre camino, una paz que al fin llega después de años de tormenta.
La cuestión es que ese “tesoro” siempre revela quién somos por dentro.
No lo que mostramos… sino lo que pensamos en silencio.
Y entonces aparecen estas ocho formas de mirar:
La envidia dice: “Quiero el tuyo, no me basta con el mío.”
Esa punzada incómoda que deja un sabor amargo y que, en el fondo, habla más de una herida que de un deseo real.
El resentimiento murmura: “Ojalá lo pierdas.”
Como si la caída del otro tapara el propio vacío… aunque nunca lo hace.
Los celos aprietan el pecho: “Temo perder lo que tengo.”
El miedo disfrazado de protección. La inseguridad intentando controlar lo que ama.
La codicia nunca se sacia: “Quiero todos los tesoros.”
Esa sensación de correr detrás de todo sin disfrutar de nada.
La gratitud suspira: “Gracias por lo que es mío.”
Y ahí empieza la abundancia, la verdadera.
La humildad no compite: “Mi tesoro no necesita comparación.”
Una calma rara y preciosa que aparece cuando ya no hay guerra interna.
El ego se infla: “Yo soy el tesoro.”
Y qué cansancio vivir desde ahí… qué soledad.
Pero el amor…
Ay, el amor.
El amor dice: “Celebro tu tesoro como si fuera mío.”
Y lo dice de verdad. Sin ruido. Sin pose. Desde un lugar tierno y expansivo.
A veces pienso que, para saber en qué punto estamos, basta con preguntarnos cómo reaccionamos ante el brillo del otro.
Si nos alegramos o nos encogemos.
Si nos abrimos o nos tensamos.
Si nos inspira o nos hiere el ego.
Porque los tesoros de la vida —los de verdad— no vienen para competir, sino para enseñarnos dónde aún nos falta luz.
Y quizá la evolución espiritual y emocional vaya de eso: de mirar el tesoro propio sin miedo, de honrar el ajeno sin comparación, y de recordar que, al final, lo único que queda es la capacidad de amar lo que la vida nos entrega… y lo que les entrega a los demás.


Deja un comentario