Nos han enseñado a correr.
A llenar cada hueco con algo, a responder de inmediato, a no parar.
Pero el cuerpo —y el alma— tienen su propio ritmo, y cuando no los escuchas, te lo recuerdan.
A veces con un cansancio que no se quita durmiendo.
A veces con un silencio que te pide quedarte quieta.
Durante mucho tiempo confundí “ser fuerte” con “aguantar”.
Hasta que entendí que descansar no es rendirse, que parar también es avanzar.
Que el cuerpo no se equivoca, y que cuando la vida te pide una pausa, no te está castigando: te está cuidando.
No pasa nada por no poder con todo.
No pasa nada por contestar después, por hacer solo una cosa a la vez, por sentir.
Porque sentir no es exagerar, es vivir despierta.
Yo también estoy aprendiendo a soltar la exigencia, a escuchar mi cuerpo y agradecer sin discutir cuando la vida me pone en pausa.
A mirar el cielo y recordarme que sigo aquí, aunque no esté haciendo nada.
Y que eso, en realidad, es muchísimo.
— Sandrinne Élan 🌾


Replica a Sandrinne Élan Cancelar la respuesta