¿Cuál es la primera impresión que quieres causar en los demás?
A veces me pregunto qué es lo primero que otros perciben cuando me tienen delante. No hablo de la sonrisa medida, ni del “hola” educado, ni de ese gesto que todos hacemos para parecer más seguros de lo que estamos.
Hablo del segundo exacto antes de hablar.
Ese que revela más que cualquier presentación larga.
Me gustaría que la gente viera calma en mí, aunque por dentro a veces me tiemble el suelo. Que perciban una luz serena, no perfecta, pero verdadera. Esa luz que se enciende cuando una persona ha vivido, ha sentido, ha caído y ha vuelto a levantarse… no por orgullo, sino por amor propio y por sus hijos.
También deseo que noten cercanía.
Esa forma mía tan mía de escuchar sin prisas, de observar con los ojos limpios, de no juzgar. Que sientan que estoy presente de verdad, aunque haya días en los que me sostengo como puedo.
Ojalá vieran también mi parte suave.
La que no presume, la que no empuja, la que acompaña.
La que ha aprendido que “impresionar” es agotador, pero ser… ser te libera.
A veces creo que la primera impresión que deseo dejar es esta: que están frente a una persona real.
Una mujer con historia, con heridas, con torpezas, con intuiciones fuertes, con una sensibilidad que ya no es debilidad sino brújula.
Una mujer que está aprendiendo a mirarse bonito.
Una mujer que no necesita adornarse para existir.
La primera impresión que quiero causar no es perfecta.
Quiero que sea verdadera.
Honesta.
Humana.
De esas que dejan un eco suave… como quien reconoce algo familiar en la mirada del otro.
Porque, al final, lo único que realmente deseo es que quien se cruce en mi camino sienta que aquí se puede descansar un poco.
Que aquí hay hogar.
Aunque sea por un instante.


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