¿Cuál es tu mes favorito del año? ¿Por qué?
Mi mes favorito del año es diciembre.
Lo tengo claro desde siempre.
Me gusta la Navidad —pero no por las luces ni por las compras—, sino por ese olor que tiene: a frío limpio, a calles que parecen más suaves, a recuerdos que vuelven sin avisar. Me gusta la nieve, el abrigo, las manos calentitas dentro de los bolsillos. Me gusta lo que diciembre despierta en mí.
Porque diciembre, para mí, siempre ha sido familia.
Mis abuelos.
Las mesas largas.
Las risas que empezaban flojito y acababan en carcajada.
El ritual de reunirnos, de mirar atrás, de sentir que todos estamos un poquito más cerca que durante el resto del año.
Sí, todo se ha vuelto muy consumista, y esa parte no me gusta nada.
Pero aun así… regalar algo a la gente que quiero me hace feliz.
No por el regalo en sí, sino por el gesto: por decir “te he pensado”, “te tengo presente”, “te quiero”.
Y luego está lo más bonito que me ha pasado en un diciembre: mi hijo nació un 24.
Un regalo que llegó envuelto en vida, en luz, en ese silencio especial que solo tiene la Navidad cuando nace un niño.
Desde entonces, diciembre ya no solo huele a hogar…huele a milagro.
Sé que hay personas para quienes diciembre es un mes difícil.
Porque duele lo que falta.
Porque la silla vacía pesa.
Pero para mí, los que ya no están siguen siendo parte de mí.
Los llevo tan dentro, tan en el corazón, que cuando me siento a la mesa ese 24, no me siento más lejos… me siento un poco más cerca.
Los pienso con gratitud, con amor, con esa nostalgia suave que no hiere, que acaricia.
Están en mi memoria, sí, pero sobre todo están en mí.
A veces pienso que ojalá el espíritu de diciembre —el de verdad, el de las reuniones sinceras, sin postureo ni obligación, el de la unión y el amor— pudiera quedarse todos los meses del año.
Porque cuando la gente se junta desde el corazón, el mundo es un lugar un poco más amable.
Diciembre tiene algo que me coloca el alma en su sitio.
Es hogar.
Es música, charlas, comida rica y abrazos que huelen a invierno.
Es esa sensación de que, por un momento, el mundo se detiene y nos deja mirarnos con más calma.
Por eso diciembre es mi mes.
Porque me devuelve a mí.
Porque me recuerda de dónde vengo.
Porque me regaló uno de los mayores amores de mi vida.
Y porque, de alguna manera, también me devuelve a quienes ya no están.


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