¿Playa o montaña? ¿Qué prefieres? ¿Por qué?
A veces parece que tengo la respuesta muy clara… pero la verdad es que no.
Porque la playa y la montaña me tocan en lugares distintos.
La playa me recuerda a la niña que fui: el olor a crema solar, el viento cálido, el rumor del mar que siempre me ha calmado más que muchas palabras. El mar tiene algo… no sé… una especie de abrazo invisible que me ordena por dentro. Me siento pequeña, sí, pero en paz. Como si todo se colocara.
Y la montaña, en cambio, me despierta otra parte: la silencio-adicta, la que necesita respirar hondo sin ruidos alrededor. El aire frío, los caminos, los árboles… todo eso me recoloca cuando estoy saturada. Es otro tipo de paz, una que me baja al cuerpo y me limpia la mente.
Si tuviera que elegir, quizás hoy diría playa —porque últimamente mi alma anda buscando horizontes más que alturas. Pero en realidad, prefiero cualquier lugar donde pueda sentirme en mí, donde haya espacio, aire y verdad.
Lugares donde, simplemente, respiro.


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