Hay personas que llegan y pasan.
Y hay otras que llegan y se quedan sin hacer ruido, como quien coloca una mano en tu espalda y te acompaña incluso cuando no miras atrás.
N. ha sido una de esas presencias en mi vida.
Dos décadas largas entrelazadas a su manera: con silencios, con pausas, con trabajos distintos, con épocas de hablar poco y otras de sostener mucho.
Y aun así, cada vez que la vida me ha temblado, ella ha estado.
No se olvida lo que hizo por mí aquel día de 2018.
No se olvida esa mezcla de miedo y fragilidad y su compañía como única certeza en mi casa.
Fue un momento que me marcó.
Un antes y un después.
Una grieta que no se abrió porque ella estaba allí.
Su mensaje de hoy volvió a abrir algo, pero esta vez por dentro: un hueco que yo tenía protegido, un rincón que no dejaba tocar casi a nadie.
Y sin embargo, bastó la pregunta
“¿qué necesitas?”
para que la coraza cediera.
Fue una de las preguntas más humanas que me han hecho.
Una pregunta que te mira, que te nombra, que te reconoce.
A veces creo que la vida nos da almas hermanas.
Personas que no tienen por qué ser familia, pero que te reconocen desde un lugar donde no existe la máscara ni la pose.
Eso ha sido siempre N. para mí: un hogar que se lleva dentro.
Hoy siento que nuestro vínculo ha cambiado, o quizá soy yo la que ha cambiado y ahora puedo verlo sin miedo.
Porque sigo aprendiendo a abrirme, a confiar, a dejarme acompañar.
Hay amores silenciosos que te sostienen.
Hay miradas limpias que desarman.
Y hay personas cuyo cariño es tan puro y tan honesto que te hacen sentir afortunada incluso después de haber vivido una vida difícil.
Gracias, N.
Por acompañarme desde hace tantos años.
Por tu lealtad sin ruido.
Por ver mi crecimiento incluso en días en los que ni yo lo veo.
Por ser una de esas almas que se quedan cuando el resto del mundo pasa de largo.


Replica a POETAS EN LA NOCHE Cancelar la respuesta