A veces la vida te deja en la calle sin avisar.
Y no hablo solo de una casa.
Hablo de esa sensación de quedarte sin un lugar interno donde apoyarte cuando todo alrededor se derrumba.
Hay etapas en las que parece que el mundo te expulsa.
Que ya no encajas en ningún sitio.
Que nada es tuyo.
Ni los recuerdos, ni las certezas, ni siquiera tu propia voz.
Y te quedas ahí… en una especie de intemperie emocional donde cuesta respirar.
Vas tirando como puedes, recogiendo pedazos, sosteniendo lo poco que queda en pie.
Pero hay un momento —a veces silencioso, casi imperceptible— en el que el alma susurra:
“Vuelve. Vuelve a mí. Vuelve a casa.”
Y casa no es un techo.
Tampoco cuatro paredes.
Casa es ese lugar interno al que renunciaste cuando todo dolía demasiado.
Es donde te recuerdas quién eras antes del golpe.
Donde tu nombre no pesa.
Donde nadie te echa.
Donde no tienes que demostrar nada.
Volver a casa es aprender a recogerte después de haberlo perdido casi todo.
Es darte permiso para reconstruirte, aunque no tengas fuerzas.
Es empezar por dentro, porque fuera todavía tiembla.
Volver a casa es mirarte sin juicio.
Reconocer que sobreviviste a cosas que otros ni imaginán.
Aceptar que no fuiste débil, fuiste humano.
Y que está bien parar, llorar, descansar, dejar caer esa armadura vieja que ya no te sirve.
Porque se puede perder una casa, un trabajo, un país, una vida entera…pero mientras sigas pudiendo volver a ti, nada está completamente perdido.
Y un día —sin darte cuenta— algo pequeño empieza a encajar.
Una oportunidad, una conversación, una puerta que no esperabas.
La vida regresa sin estridencias.
Y tú la miras con otra mirada, más madura, más sabia, más tuya.
Porque en el fondo, siempre se trata de esto: de recordar que antes de cualquier lugar externo, tu hogar real eres tú.
Y esa casa, aunque se apague, aunque se quiebre, aunque tiembles…siempre, siempre se puede reconstruir.


Deja un comentario