Durante muchos años me moví pendiente de los ojos ajenos.
De lo que podían pensar, de lo que podían decir, de si mi forma de vivir encajaba en lo que otros entendían como “normal”.
Caminaba en puntas de pie.
Suave, discreta, sin hacer ruido.
Como si existir fuera una especie de permiso que tenía que ganarme.
Como si mi verdad pudiera incomodar a alguien.
Hasta que un día —sin drama, sin explosión, sin discurso épico— simplemente me cansé.
Fue un cansancio del alma, no del cuerpo.
Ese que te dice “ya está, ya no puedo seguir achicándome”.
Ese día entendí que la vida es demasiado corta para pedir permiso…y demasiado larga para vivir dentro de las expectativas de otros.
Y empecé a vivir.
A vivir de verdad.
Lo más sorprendente fue lo que vino después: el mundo, de pronto, se hizo más grande.
Más amable.
Más abierto.
Y yo también.
Cuando dejé de explicarme, llegaron las oportunidades.
Cuando dejé de justificarme, apareció la libertad.
Cuando dejé de cuidar la opinión ajena, pude escuchar la mía.
Porque la gente siempre va a opinar.
Algunos opinan por costumbre, otros por miedo, otros porque no soportan su propio silencio.
Pero nada de eso tiene que ver contigo.
Nada.
No somos responsables de llenar vacíos que no creamos.
Ni de ajustarnos a expectativas que nunca prometimos cumplir.
Y hay un momento, casi mágico, en el que lo entiendes: brillas más cuando dejas de intentar encajar.
Ese día…ese día empieza tu vida de verdad.
— Sandrinne Élan


Replica a Sandrinne Élan Cancelar la respuesta