Hay verdades que no salen en voz alta, pero pesan igual.
Verdades que se esconden detrás de gestos, silencios, distancias… y de esas frases que parecen tan firmes por fuera y están tan asustadas por dentro.
He aprendido —a veces a golpes, otras a fuerza de escuchar más despacio— que casi nadie dice exactamente lo que siente.
La gente dice lo que puede.
Lo que le sale.
Lo que aprendió para no romperse.
Unos hablan del mundo entero para no hablar de sí mismos.
Otros critican porque enfrentarse al espejo propio da vértigo.
Algunos desaparecen porque creen que huir les salva del dolor… sin saber que dejan heridas en el camino.
Y están quienes se ponen duros justo donde más blandos fueron alguna vez.
No es personal.
Ojalá lo entendiéramos antes.
Ojalá nos enseñaran que un silencio no siempre es desinterés, que la frialdad suele ser una armadura, que el juicio es una confesión disfrazada.
La verdad suele estar debajo: en lo que duele, en lo que asusta, en lo que todavía no sabemos nombrar.
Por eso cada día me recuerdo que escuchar no es oír.
Escuchar es mirar más hondo.
Es preguntarle a alguien “¿qué sentiste?” en lugar de “¿qué pasó?”.
Es entender que todos arrastramos un mundo emocional que no se ve… y que, aun así, late.
No siempre podemos descifrarlo todo, claro.
Pero sí podemos elegir no herir.
Elegir no desaparecer sin explicación.
Elegir no volver solo a recuperar control.
Elegir responsabilidad afectiva, que no es un concepto complicado: es simplemente cuidar lo que tocas.
Al final, lo que callamos también habla.
Y si aprendemos a leer esos lenguajes invisibles, las relaciones se vuelven más humanas, más suaves, más verdaderas.


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