Sofía, mi niña, mi pulso encendido,
te miro despacio y me siento vencida;
no por cansancio ni por la pelea,
sino por lo mucho que el alma te desea.
Tú eres un brillo que nace temprano,
una chispa alegre que pide la mano;
tu risa contagia, tu voz reverbera,
y todo en tu paso florece y espera.
Siempre tan viva, tan pura energía,
corriendo, inventando, llamando mi día;
pidiendo atención con amor desbordado,
queriendo que el mundo te mire de lado.
Tus ojos despiertos se prenden al aire,
y el sitio en que estás se vuelve un paisaje;
tu alma brillante ilumina la estancia,
rompe la sombra, despierta esperanza.
Eres verdad limpia, tan clara, tan cierta,
amor que sostiene la vida despierta;
eres quien abraza con toda su entrega,
quien dice lo justo, quien nunca reniega.
Y ahora, mi niña, que luchas callada,
tu fuerza se afina, tu luz se adelgaza;
pero sigues siendo destello que arrulla,
milagro pequeño que alivia y que acuna.
Mi niña valiente, mi dulce tesoro,
tu falta en mis brazos me duele y atesoro;
te extraño en tus saltos, te extraño en tu risa,
te extraño en tu modo de abrirme la vida.
Si supieras, hija, lo que yo contengo,
la fe que me nace cuando en ti me sostengo;
si supieras, mi niña, cuánto te respiro,
cómo en tu silencio también yo te miro.
Porque estás luchando, y yo estoy contigo,
tu mano en mi mano, sin ruido, sin ruido;
te abrazo despacio, te nombro sin prisa,
te lleno de calma, te cubro de brisa.
Sofía, mi centro, mi casa, mi hogar,
tú eres la forma más pura de amar;
y aunque hoy te falten palabras o alas,
mi amor por ti, hija, jamás se desgasta.
Vuelve cuando quieras, vuelve a tu danza,
yo guardo tu risa, yo cuido tu infancia;
que aquí en mi pecho te espera tu sitio:
mi amor infinito,
mi abrazo bendito.


Replica a KikeFerrer Cancelar la respuesta