Hay momentos en los que la vida te arrodilla sin preguntar.
Momentos que no se anuncian, que no avisan, que no dejan margen para prepararte.
Y tú solo puedes poner una mano delante, como quien intenta parar una ola con el cuerpo entero.
Estos días estoy ahí.
En ese lugar donde la fe se vuelve un hilo, donde la esperanza duele de tan fina, y donde el amor —ese amor que nace del alma y no de la cabeza— es lo único que sostiene lo que se está desmoronando por dentro.
Nunca imaginé que podría amar tanto y temer tanto a la vez.
Nunca imaginé que el silencio de mi hija podría partirme en dos y, aun así, dejarme llena de un tipo de luz que no sé explicar.
Una luz que no es mía.
Una luz que me pide confiar incluso cuando el miedo me aprieta la garganta.
La fe, en estos días, no es grande.
No es brillante.
No es heroica.
La fe es… respirar.
Es quedarme, aunque me tiemblen las manos.
Es mirar a mi niña y decirle sin voz:
Estoy aquí, cariño. No te suelto.
No te sueltes tú tampoco.
La esperanza tampoco es esa palabra bonita que ponemos en los libros.
Aquí, ahora, la esperanza es mínima.
Es un gesto.
Un abrir de ojos.
Un dedo que se mueve.
Un segundo en el que parece que vuelve.
La esperanza está hecha de detalles que la mente no ve, pero el corazón reconoce.
Y el amor…
El amor es otra cosa.
El amor en estos días es salvaje, feroz, absoluto.
Es un amor que se mete entre las grietas del miedo para que no me rompa entera.
Un amor que me recuerda que Sofía es luz incluso cuando está quieta, incluso cuando no puede hablar, incluso cuando descansa para volver a ser ella.
Estoy aprendiendo que el amor no siempre calma.
A veces incendia.
A veces sacude.
A veces coloca de frente todo aquello que no querías mirar.
Pero el amor sostiene.
De alguna forma, siempre sostiene.
Y en medio de todo este torbellino, me doy cuenta de algo: no estoy sola.
No lo estoy.
Hay manos alrededor que no esperaba.
Hay presencias silenciosas que acompañan.
Hay una fuerza que no viene de mí, pero que me atraviesa como si quisiera decirme:
Confía.
Solo un paso más.
Respira otra vez.
Hoy no tengo certezas.
No tengo respuestas.
Solo tengo un amor inmenso por mi hija, una fe que tiembla pero sigue en pie, y una esperanza pequeña que se enciende cada vez que la miro.
A veces, eso es suficiente.
A veces, eso es todo.


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