Hay días que no caben en ninguna palabra.
Días que se sostienen solos, a medias, como si la vida entera respirara en un hilo que no quiero soltar.
Hoy escribo con el corazón en la mano.
Las palabras me salen despacio, como si tuvieran miedo de romper el silencio que me sostiene por dentro.
Hay días —muy pocos, pero existen— en los que la vida se detiene.
No avanza, no explica, no promete.
Solo te coloca delante de lo que más amas y te pide que estés.
Así, simple y brutalmente: estar.
En estos días descubro algo que creía conocer, pero no del todo: la fragilidad.
La mía, la de los cuerpos pequeños, la del tiempo que a veces parece no obedecer a nada.
Siento miedo, sí.
Siento cansancio.
Siento una vulnerabilidad que no sabía que podía existir.
Pero también siento otra cosa… algo que aparece justo cuando creo que no puedo más: una fuerza silenciosa que me sostiene por dentro, una especie de amor antiguo que sabe caminar incluso a oscuras.
Y, en medio de todo esto, también descubro la presencia.
La de quienes se quedan.
La de quienes envían un mensaje a tiempo.
La de quienes sostienen mi nombre con cariño aunque yo no pueda sostenerme del todo.
A veces la vida se vuelve frágil.
Pero en esa fragilidad, aparece una verdad que no se aprende en los días fáciles:
el amor no necesita claridad para existir.
Solo necesita un corazón dispuesto a no soltarse.
Hoy escribo desde ahí.
Desde ese lugar tembloroso y, aun así, lleno de algo que no sé si llamar fe, esperanza o simplemente amor.
Lo único que sé es que sigo aquí.
Sigo sosteniendo.
Sigo confiando en que todo encontrará su forma.
Aunque hoy duela.
Aunque hoy tiemble.
Aunque hoy me falten fuerzas.
Porque a veces…la vida nos pide solo eso: seguir respirando mientras el milagro ocurre en silencio.


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