Gracias a las manos que me sostienen por fuera y a las que he aprendido a ponerme por dentro.
Gracias a las manos visibles, las de mi familia, las de quienes están cerca con el corazón, las de quienes no saben qué decir pero se quedan.
Gracias a las presencias que no hacen ruido, a los mensajes breves, a los silencios respetuosos, a esa forma de estar que no invade, pero sostiene.
Gracias también a mis propias manos.
A las que han aprendido a frenar cuando antes solo sabían empujar.
A las que hoy se apoyan en el pecho y dicen: tranquila, aquí estoy.
A las que ya no se exigen entenderlo todo para seguir amando.
Gracias a mí por escuchar el cansancio sin pelearme con él.
Por no huir del miedo.
Por quedarme cuando todo dentro pedía escapar.
Gracias a este cuerpo que habló cuando yo no sabía pedir tregua.
Gracias a esta alma que, incluso temblando, no se ha soltado de sí misma.
Gracias a la vida, sí, no por la prueba, sino por la red invisible que se ha mostrado en medio de ella.
Por recordarme que no estoy sola, ni fuera ni dentro.
No agradezco el dolor.
Agradezco la conciencia.
No agradezco la herida.
Agradezco el amor que la rodea.
Hoy no celebro.
Hoy honro.
Y en este momento de mi vida, honrar lo que me sostiene —por fuera y por dentro— es un acto profundamente sagrado.
— Sandrinne Élan


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