Naciste un 24 de diciembre.
Como si la vida hubiera querido mezclar tu llegada con la espera, con la luz tenue, con esa sensación rara que tienen los días importantes antes de que pasen.
Mientras el mundo andaba con prisas, cenas y paquetes, tú llegaste a poner silencio.
Y algo se recolocó para siempre.
No naciste en un día cualquiera.
Naciste en uno de esos días en los que todo parece estar a punto de ocurrir.
Desde entonces, cada diciembre me recuerda que hay luces que no se cuelgan, que simplemente aparecen.
Que hay regalos que no se envuelven.
Que hay presencias que lo cambian todo sin hacer ruido.
Has crecido así.
A tu manera.
Con tu forma tan tuya de estar, de observar, de sentir antes de hablar.
No siempre fácil. No siempre cómodo.
Pero profundamente auténtico.
Ser tu madre me ha enseñado cosas que no salen en ningún manual.
A esperar sin apretar.
A mirar más allá de lo evidente.
A confiar incluso cuando no entiendo del todo.
Hoy cumples años.
Y no necesito decirte que te deseo un mundo perfecto, porque sé que no lo es.
Lo que deseo es que nunca pierdas la capacidad de ser tú, incluso cuando eso incomode.
Que sepas que no tienes que demostrar nada para merecer amor.
Que siempre, incluso en los días más grises, haya un lugar al que volver.
Yo estaré ahí.
No siempre sabré hacerlo bien.
Pero estaré.
Porque aquel 24 de diciembre no solo naciste tú.
También nació una versión de mí que no sabía que existía.
Y esa versión —con todo lo que siente, lo que duda y lo que aprende— es tuya para siempre.
Feliz vida, hijo.
Feliz tú.
Feliz nosotros.


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