Mi hija está en casa.
Lo escribo y todavía me cuesta creerlo del todo.
Porque el alta no borra lo vivido.
Solo cambia el escenario.
Y a veces el cuerpo sigue en el hospital aunque estés en tu salón, con una manta y una taza caliente entre las manos.
Desde que volvimos, yo me he puesto mala.
Una gripe de esas que no preguntan.
Dolor, cansancio, cabeza pesada…
Como si mi cuerpo hubiera esperado a estar a salvo para soltarse.
Y es curioso: una parte de mí se siente culpable por caer justo ahora.
Como si después de todo tuviera que estar fuerte, agradecida, luminosa.
Como si la vida no me permitiera el bajón.
Pero no.
Esto también es parte de volver.
Volver a casa no es volver atrás.
Es empezar a recolocarse por dentro.
Es bajar la guardia poquito a poco.
Es aprender a dormir sin sobresaltos.
Es aceptar que la calma no llega de golpe, llega a tirones.
Y aquí estoy.
Con días sin escribir.
Con la cabeza embotada.
Con la emoción en un lugar raro, como contenida.
No es que no tenga nada que decir.
Es que he estado ocupada sosteniendo la vida.
Y ahora estoy aprendiendo a sostenerme a mí.
Hoy no vengo a hacer un balance.
Ni a contar una historia redonda.
Hoy solo dejo constancia de esto:
Estamos en casa.
Y yo también estoy volviendo.
Despacio.
Como puedo.
Pero volviendo.


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