La intimidad no vive solo en los cuerpos.
Ni siquiera en los gestos grandes.
Vive —sobre todo— en esos espacios donde no hace falta aparentar nada.
En poder decir “no estoy bien” sin sentir que decepcionas.
En compartir lo que duele sin pedir permiso ni disculpas.
En no tener que explicarte demasiado para ser comprendida.
La verdadera intimidad empieza cuando baja la guardia.
Cuando el corazón se queda sin armadura.
Cuando no hay que sostener una versión fuerte de una misma para merecer quedarse.
No es hablar de todo.
Es saber con quién puedes hablar de lo importante.
Con quién puedes llorar sin sentir vergüenza.
Con quién puedes callar sin incomodidad.
Con quién puedes mostrar tus contradicciones sin que eso se vuelva en tu contra.
La intimidad vive en esas personas que saben cuidar tu historia.
Que no usan lo que cuentas para juzgarte, corregirte o minimizarte.
Que entienden que abrirse no es debilidad, sino un acto de enorme valentía.
Y quizá por eso no hay nada más profundo —ni más bello—
que desnudar el alma frente a quien te ama de verdad.
Sin prisa.
Sin miedo.
Sin tener que demostrar nada.


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