Nombra algo de tu lista de imprescindibles que nunca hayas hecho.
No es que no tenga una lista de imprescindibles.
La tengo. Como casi todo el mundo.
Lo que pasa es que, con los años, he aprendido a mirarla sin urgencia… y sin culpa.
Hay cosas que “debería” haber hecho ya, según los manuales invisibles:
viajes, decisiones valientes, saltos sin red, versiones más atrevidas de mí.
Y sí, algunas no las he hecho.
No por miedo exactamente.
Tampoco por falta de ganas.
Más bien porque no era el momento. O porque estaba ocupada sobreviviendo. O aprendiendo otras cosas que no salen en las fotos.
Durante mucho tiempo pensé que lo imprescindible era hacer.
Marcar casillas. Demostrarme algo. Llegar.
Ahora empiezo a sospechar que lo verdaderamente imprescindible era llegar a mí antes.
Hay cosas que aún no he hecho porque ahora sé que no quiero hacerlas desde la prisa.
Ni desde la comparación.
Ni desde la idea de que “si no lo hago, me falta algo”.
Lo curioso es que, al quitarles presión, algunas empiezan a acercarse solas.
Otras se caen de la lista sin drama.
Y algunas siguen ahí, esperando… pero ya no como exigencia, sino como posibilidad.
Quizá lo imprescindible no era hacerlo antes.
Quizá lo imprescindible era no traicionarme mientras tanto.
Y eso, aunque no se tache en ninguna lista, también cuenta.


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