Describe tu día ideal de principio a fin.
Mi día perfecto no se analiza.
Se vive.
Y casi siempre empieza mejor cuando no intento que sea perfecto.
Me levanto con energía suficiente y buen humor razonable. No necesito despertarme feliz, me basta con no estar de mala gana. Hay café. Del que me gusta. Y ya con eso el día empieza bien. Me muevo, hago cosas, la casa suena, y lejos de molestarme, me pone en marcha.
Un día perfecto tiene ritmo.
No calma eterna ni prisas absurdas. Ritmo.
Trabajo y me siento ágil. Me gusta notar que pienso bien, que resuelvo, que avanzo. No voy forzándome ni luchando conmigo. Hago lo que toca, paro cuando lo necesito, vuelvo cuando me apetece. Me siento capaz. Y eso da una alegría muy concreta, muy limpia.
Hay conversaciones fáciles.
Risas que no estaban previstas.
Mensajes que animan.
Momentos en los que digo: qué gusto esto.
Salgo, camino, me da el aire. Estoy más en el cuerpo que en la cabeza. Me noto viva, despierta, conectada con el día. No voy dándole vueltas a todo. Voy viviendo. Y eso se nota mucho por dentro.
Como a gusto. Sin culpa. Sin teoría.
Duermo mejor. Respiro mejor.
Nada pesa demasiado.
Por la tarde hay placer sin solemnidad: leer algo que me interesa, escribir porque sí, ordenar un poco, dejar cosas sin hacer sin ningún drama. No todo tiene que cerrarse hoy. Y eso, lejos de angustiarme, me relaja.
Sigo activa. Con ganas. Sin agotamiento emocional.
Me siento en equilibrio, pero un equilibrio dinámico, vivo, no rígido.
Y cuando llega la noche no hago balance ni reflexión profunda.
Pienso algo mucho más simple y mucho más honesto:
Ha sido un buen día.
No porque haya sido especial.
No porque haya pasado algo extraordinario.
Sino porque he estado a gusto viviendo mi vida.
Eso, para mí, es un día perfecto.
Y sí: me apetece repetirlo.


Replica a Sandrinne Élan Cancelar la respuesta