Estábamos tomando café.
Nada dramático. Una mesa pequeña, una tarde cualquiera.
Ella hablaba de su pareja con esa serenidad que impresiona.
—“Yo ya no espero nada.”
—“Siempre he sido la que tira del carro.”
—“Pero bueno… es lo que me ha tocado.”
Lo decía tranquila.
Sin rabia.
Sin reproche explícito.
Y las demás asentíamos.
Porque claro, había dolor. Y el dolor se respeta.
Pero mientras la escuchaba, algo me incomodaba.
No era lo que contaba.
Era cómo lo contaba.
Cada frase parecía adulta, consciente, casi espiritual.
Pero debajo había una renuncia silenciosa.
No decía: “Esto no me gusta.”
Decía: “Es lo que hay.”
No decía: “Quiero algo distinto.”
Decía: “Yo soy así.”
Y en ese “yo soy así” había una jaula.
Eso es lo que yo llamo victimismo elegante.
No grita.
No exige.
No hace escándalo.
Se instala en la dignidad del sacrificio.
En la identidad de la que siempre aguanta.
En la historia de la que da más de lo que recibe.
Y claro… tiene algo adictivo.
Te da razón.
Te da reconocimiento.
Te coloca en el lugar moralmente correcto.
Pero no te mueve.
La vida sigue igual.
La relación sigue igual.
El cansancio sigue creciendo.
Lo he hecho también.
He contado historias donde yo era la fuerte, la comprensiva, la que sostenía todo.
Hasta que entendí algo incómodo: no siempre era víctima.
A veces estaba eligiendo quedarme donde no quería estar.
No por debilidad.
Por miedo.
Miedo a incomodar.
Miedo a perder.
Miedo a descubrir que si cambiaba yo, todo cambiaba.
Y eso asusta.
El victimismo elegante no es maldad.
Es supervivencia que se volvió costumbre.
Pero llega un punto en que sobrevivir ya no basta.
Y entonces la pregunta cambia.
Ya no es:
“¿Por qué me pasa esto?”
Es:
“¿Qué estoy evitando hacer?”
Ahí empieza la honestidad.
Y aunque duela… también empieza la libertad.


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