¿Has infringido la ley alguna vez de manera intencionada?
Sí.
He infringido leyes.
No las del código penal.
Las otras. Las invisibles. Las que nadie firma pero todo el mundo espera que cumplas.
La ley de no incomodar.
La de no decir lo que piensas si puede tensar el ambiente.
La de no irte cuando “no es para tanto”.
La de aguantar un poco más para no quedar como exagerada.
Durante años fui bastante buena cumpliéndolas.
Sonreír cuando algo no me gustaba.
Quedarme cuando ya quería irme.
Callar para que todo siguiera en orden.
Hasta que un día me salté la norma.
Dije que no.
Me fui antes de tiempo.
No pedí perdón por estar incómoda.
No hubo sirenas.
No hubo consecuencias dramáticas.
Solo una sensación nueva: alivio.
Y entendí algo curioso.
A veces desobedecer no es rebeldía.
Es coherencia.
No hablo de romper reglas por capricho.
Hablo de dejar de cumplir expectativas que te aprietan.
Las leyes externas organizan el mundo.
Las internas organizan tu dignidad.
Y esa, si la traicionas muchas veces, pasa factura.
Así que sí.
Alguna vez he infringido la ley.
La ley de quedarme pequeña.
Y fue la infracción más sana que he cometido.


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