Mi madre me dijo una vez algo que se me quedó grabado.
Estábamos mirando unas fotos que yo había hecho. No me gustaban.
Decía que el cielo no había salido bonito. Que no era como lo veía.
Y ella, con esa naturalidad suya, me dijo:
“Cuando le sacás fotos al cielo y no salen bellas, no dices que el cielo está mal. Entiendes que la cámara no pudo captar su belleza.”
No sé por qué esa frase me atravesó tanto.
Porque en la vida hacemos exactamente lo contrario.
Cuando algo no nos sale.
Cuando no encajamos.
Cuando no nos eligen.
Cuando fallamos.
Enseguida pensamos que el cielo somos nosotros.
Que estamos mal.
Que nos falta algo.
Que no damos la talla.
Y casi nunca contemplamos la posibilidad de que quizá la “cámara” —el momento, el contexto, la mirada de otro, nuestras propias creencias— no estaba preparada para captar lo que somos.
No todo resultado habla de tu valor.
No todo rechazo habla de tu insuficiencia.
No toda caída habla de tu incapacidad.
A veces simplemente no era el encuadre correcto.
Y hay algo profundamente liberador en entender eso.
No para eludir responsabilidad.
Sino para dejar de castigarte cada vez que algo no sale como esperabas.
Hay cielos que necesitan otra luz.
Hay talentos que necesitan otro espacio.
Hay personas que florecen en lugares donde antes parecían invisibles.
Y no porque hayan cambiado su esencia.
Sino porque alguien supo mirar.
La próxima vez que algo no te salga bien, antes de señalarte, pregúntate:
¿Soy yo… o es la cámara?


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