¿Qué te aburre?
Me aburren las conversaciones que no dicen nada.
Las que giran en círculo.
Las que hablan mucho y no cuentan nada.
Las que parecen importantes… pero en el fondo solo son ruido.
Me aburren las personas que compiten por tener razón.
Las que necesitan imponerse.
Las que escuchan solo para responder, no para entender.
Me aburren las reuniones eternas donde nadie decide nada.
Los mensajes ambiguos.
Las medias verdades.
La diplomacia vacía.
Me ha pasado estar sentada en una sala donde todo estaba decidido antes de empezar.
La presentación proyectada.
Las mismas frases de siempre: “alinearnos”, “optimizar”, “valorar sinergias”.
Alguien lanza una pregunta que suena abierta, pero no lo es.
Se hace un pequeño silencio.
Yo sé que la respuesta real incomoda. Se nota en las miradas.
Pero nadie la dice.
Alguien suelta algo neutro.
Todo el mundo asiente.
Y seguimos.
Ahí es cuando me aburro.
No porque no haya tensión.
Sino porque no hay verdad.
Pero, si soy honesta, lo que más me aburría no era eso.
Era yo intentando encajar ahí.
Intentando parecer más ligera.
Menos intensa.
Menos directa.
Más “agradable”.
Eso sí que agotaba.
Durante años pensé que el problema era mi exigencia, mi profundidad, mi necesidad de sentido.
Intenté adaptarme. Rebajar. Disimular.
Y claro, cuando te rebajas demasiado, todo te parece plano.
No porque el mundo sea aburrido.
Sino porque tú estás actuando.
Ahora me aburre otra cosa: perder el tiempo donde no quiero estar.
No tengo paciencia para lo superficial sostenido en el tiempo.
No tengo energía para fingir interés.
No tengo ganas de quedarme en espacios donde no puedo ser honesta.
Y, curiosamente, desde que dejé de adaptarme tanto… me aburro menos.
Porque elijo mejor.
Elijo conversaciones que incomodan un poco.
Elijo personas que sostienen el silencio sin miedo.
Elijo vínculos donde no tengo que explicarme tanto.
No es que me haya vuelto más exigente.
Es que me he vuelto más selectiva con mi energía.
Y eso no tiene nada de dramático.
Es simple madurez.
Antes pensaba que había que aguantar más.
Ahora sé que no todo merece permanencia.
Y eso —aunque suene pequeño— cambia mucho la calidad de una vida.
Porque cuando dejas de forzarte a estar donde no encajas, el aburrimiento se transforma.
Ya no es vacío.
Es filtro.
Y el filtro, a cierta edad, es un lujo.


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