¿Qué consejo le darías a tu yo adolescente?
Le diría que no todo el mundo es su casa.
Que no insista tanto en encajar en lugares que la hacen dudar de sí misma.
Que sentirse fuera de lugar no significa que esté rota. A veces solo significa que está en el sitio equivocado.
Le diría que no es “demasiado”.
No es demasiado sensible.
No es demasiado intensa.
No es demasiado directa.
Es profunda. Y eso, en ciertos entornos, incomoda.
Sé que lo pasó mal.
Que hubo días de silencio largo.
Que hubo miradas que pesaban.
Que hubo momentos en los que pensó que algo en ella no estaba bien.
Que hubo días en los que no se sintió querida.
O al menos no como necesitaba.
Y creyó que el cariño había que ganárselo siendo más pequeña, más correcta, más fácil.
Le diría que no se disculpe tanto.
Que no baje la voz para no molestar.
Que no reduzca su manera de sentir para que otros estén cómodos.
Que no tiene que hacer méritos para que la quieran.
Que no todo el mundo va a entenderla.
Y que eso no es un fallo suyo.
También le diría algo que entonces no podía ver:
Que la fortaleza no siempre parece fortaleza.
A veces parece aguantar.
A veces parece llorar a solas.
A veces parece levantarse al día siguiente sin saber muy bien cómo.
No le prometería que todo sería fácil.
No le mentiría.
Pero sí le diría que un día encontrará espacios donde podrá estar entera sin pedir permiso.
Que un día hablará sin medir cada palabra.
Que un día entenderá que lo que ahora duele no es su identidad.
Y que todo lo que hoy siente como peso… será, más adelante, brújula.
No cambiaría su adolescencia.
Fue dura. Sí.
Pero le dio algo que entonces no sabía nombrar: criterio.
Hoy ya no intenta ser menos.
Hoy elige mejor.
Y eso —aunque ella todavía no lo sepa— lo aprendió sobreviviendo.


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