Hace poco leí que muchas mujeres sienten que se vuelven invisibles con la edad.
Como si, al pasar los años, algo en nosotras empezara a desaparecer.
La mirada de los demás.
La atención.
El lugar que antes parecía reservado para la juventud.
Pero con el tiempo he empezado a pensar que quizá lo que ocurre no es exactamente eso.
Quizá no es que desaparezcamos.
Quizá lo que cambia es la forma en que habitamos el mundo.
Durante muchos años muchas mujeres aprenden a adaptarse.
A encajar.
A gustar.
A responder a lo que se espera de ellas.
A veces sin darse cuenta.
Se aprende a ser agradable.
A no incomodar demasiado.
A no ocupar demasiado espacio.
Pero llega un momento —no sé exactamente cuándo— en el que algo cambia.
La edad trae cansancio, sí.
Pero también trae claridad.
De repente ya no apetece tanto demostrar.
Ni agradar a todo el mundo.
Ni sostener conversaciones que no llevan a ningún lugar.
Y entonces ocurre algo curioso.
La mujer que antes intentaba caber en ciertos lugares deja de hacerlo.
No porque no pueda.
Sino porque ya no quiere.
Tal vez por eso algunas personas hablan de invisibilidad.
Porque cuando una mujer deja de buscar aprobación, también deja de ocupar el lugar donde antes era fácil verla.
Pero eso no significa que desaparezca.
Significa que se ha movido.
Que está en otro sitio.
Un lugar donde ya no necesita pedir permiso para ser quien es.
La edad no nos borra.
Nos revela.
Nos devuelve a lo esencial.
A lo que queda cuando el ruido se va apagando.
Y quizá por eso muchas mujeres descubren algo que antes parecía imposible.
Que con los años no se pierde valor.
Se gana libertad.


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