Cuando llega el día del padre, muchas personas piensan en abrazos, en celebraciones, en palabras bonitas.
Y está bien.
Pero con los años he aprendido que los padres también nos enseñan de otras maneras.
Algunos enseñan con su presencia.
Con su cuidado.
Con su forma de sostener la vida.
Otros enseñan de formas más silenciosas.
A veces enseñan con lo que hicieron.
Y a veces, curiosamente, también con lo que no supieron hacer.
Porque crecer también es entender que nuestros padres fueron, antes que nada, personas.
Con sus heridas.
Con sus miedos.
Con su forma imperfecta de amar.
Y aun así, de una manera u otra, dejaron algo en nosotros.
Una frase.
Una forma de mirar el mundo.
Una decisión que tomamos gracias a lo que aprendimos de ellos.
Con el tiempo uno descubre algo.
Que los padres no siempre son los héroes perfectos que imaginamos de pequeños.
Pero siguen siendo parte de la historia que nos trajo hasta aquí.
Y quizá por eso el día del padre no es solo una celebración.
También es una forma de mirar hacia atrás y reconocer que, de una manera u otra, todos venimos de alguien.


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