Explica un riesgo que hayas asumido y del que no te arrepientas.
No fue algo grande.
No fue un salto visible ni una decisión que todo el mundo pudiera ver.
Fue más silencioso.
Dejar de hacer lo que se esperaba de mí.
Dejar de sostener ciertas cosas solo porque “tocaba”.
Dejar de responder desde el papel que había ocupado durante años.
Y eso sí fue un riesgo.
Porque no sabes qué pasa cuando dejas de encajar.
Ni quién se queda.
Ni cómo te van a mirar.
Y, sobre todo, no sabes cómo te vas a mirar tú cuando ya no estás cumpliendo con lo que siempre has sido para otros.
Ahí hay vértigo.
Hay un momento muy concreto en el que te das cuenta de que seguir como estás pesa más que moverte.
Y decides.
No desde la seguridad ni desde la claridad absoluta.
Decides desde algo más interno. Más honesto.
Empiezas a decir que no donde antes decías que sí.
A no llegar a todo.
A no sostener conversaciones, dinámicas o lugares que ya no te corresponden.
Y eso incomoda.
A otros, y también a ti.
Pero también ordena.
No de golpe, no perfecto, no sin dudas.
Pero coloca.
Y con el tiempo entiendes algo que no se ve desde fuera:
no era solo dejar de hacer cosas.
Era empezar a estar de otra manera.
No lo cambiaría.


Deja un comentario