Antes me iba.
No siempre con los pies, a veces con el alma.
Me iba de las conversaciones que dolían, de las pausas largas, de lo que no entendía ni podía arreglar.
Me iba por supervivencia.
Porque quedarme significaba sentir, y sentir era demasiado cuando aún no sabía sostenerme.
Aprendí a moverme rápido, a resolver, a hacer de la huida algo elegante.
A llamar “fortaleza” a no parar nunca.
Hoy no.
Hoy estoy aprendiendo algo distinto.
Más lento.
Más incómodo.
Más verdadero.
Estoy aprendiendo a quedarme.
A quedarme cuando el miedo aprieta y no hay respuestas claras.
A quedarme cuando el silencio pesa y nadie sabe qué decir.
A quedarme incluso cuando la tentación de escapar parece la opción más fácil.
Quedarme no es resignarme.
Es presencia.
Es decir: esto es lo que hay ahora y no voy a abandonarme.
Quedarme es sentarme con lo que duele sin exigirle que se transforme enseguida.
Es no correr a buscar sentido cuando todavía estoy aprendiendo a respirar dentro de lo que pasa.
No siempre puedo sostenerlo todo.
Pero hoy sé algo: huir ya no me cuida.
Quedarme —aunque tiemble—
sí.
Y quizá eso sea crecer.
No llegar a ningún sitio nuevo,
sino aprender a no irme de mí
cuando más me necesito.
— Sandrinne Élan


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